¿Es hora de empezar a pagar a los deportistas universitarios?

El debate ya ha llegado a Estados Unidos. Medios como la revista TIME lo ha llevado incluso a su portada recientemente. Bajo el título It is time to pay College Athletes y a lo largo de 7 de sus páginas centrales, recogen el caso del joven Johnny Manzield, quarterback del Texas A&M, equipo universitario de fútbol americano. Manzield, el primer novato en ganar el prestigioso Heisman Trophy, se ha convertido en el último caso de éxito del deporte universitario en EEUU, generando gran notoriedad e ingresos a su universidad: derechos televisivos, repercusión mediática, patrocinios, reclamo y matriculación de nuevos alumnos, venta de entradas, comercialización de camisetas, gorras y todo tipo de artículos.

¿Por qué no debería un deportista ver recompensado su esfuerzo y sus éxitos cuando estos reportan grandes beneficios a su equipo, su universidad y la propia ciudad? No en vano, un estudio de Oxford Economics publicado en 2012 señalaba que el Texas A&M había generado en una sola campaña un volumen de negocio de 86 millones de dólares en el condado donde se encuentra la propia universidad. En este sentido, un estudio aún más reciente destaca que, por el valor generado, a estos jugadores les correspondería un salario superior a los 225.000 dólares anuales. Una cifra más alta, muy seguramente, en el caso del propio Manzield, estrella del equipo.

Las principales universidades, que vienen pagando a sus entrenadores bandera una media de 2 millones de dólares por temporada, se aferran por su parte a la histórica justificación de que los deportistas universitarios ya reciben una compensación en forma de beca por el total de sus 4 años de estudio que ronda, de media, los 100.000 dólares. La diferencia es notoria, habida cuenta además de que la beca no incluye los gastos de alojamiento, manutención o libros de texto, y los deportistas dedican de media unas 40 horas semanales a sus entrenamientos y competiciones.

El debate sobre la necesidad ética de profesionalizar y retribuir el deporte universitario en EEUU ha llegado ya a las principales universidades del país que, por otra parte, siguen invirtiendo y aferrándose al deporte como gran escaparate comercial. De hecho, admiten, el buen deportista supone el mayor activo en términos de visibilidad, reputación y marca con el que cuentan las universidades estadounidenses. No son pocos los que reconocen que un gran descubrimiento científico aporta gran publicidad a la universidad, pero nada comparado con la intensidad y la permanencia de un deportista universitario de referencia. ¿Acabarán pues compartiendo los beneficios que generan?

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